El 31 de octubre de 2022, nueve días después de jurar el cargo, uno de los primeros Consejos de Ministros del Gobierno de Giorgia Meloni aprobó un decreto con nombre propio: el «decreto anti-rave». El detonante había sido una fiesta de Halloween en una nave abandonada cerca de Módena, a la que llegaron miles de personas de media Europa. La norma creó un delito nuevo, con penas de tres a seis años de cárcel para quien organice o promueva la ocupación de terrenos o edificios para una de estas reuniones, y sacó a miles de personas a las calles de Roma, Bolonia o Milán con camiones de sonido en protesta. Cuatro años después, la palabra sigue igual de cargada que entonces. Y su historia ayuda a entender por qué: «rave» ha cambiado de significado tantas veces que hoy puede describir a la vez un delito en Italia y el festival más grande de Las Vegas.
Una palabra que nació para hablar de la locura
El Oxford English Dictionary documenta el verbo «to rave» desde antes de 1325, y en la Edad Media no tenía nada de festivo. El inglés lo tomó del francés antiguo, donde «resver» y su variante «raver» servían para soñar, vagar sin rumbo o perder el juicio.

Durante siglos se usó para describir el delirio: el enfermo con fiebre que habla solo, el loco que grita, el mar o el viento que «rugen» en una tormenta. Ese sentido sigue escondido en el inglés actual, en expresiones como «raving mad» (loco de atar) o «ranting and raving» (despotricar a gritos), y es el mismo parentesco que tiene con el francés «rêver», soñar.

La evolución hacia el entusiasmo fue lenta. Hacia 1590 el sustantivo «rave» ya nombraba un frenesí, una excitación desbordada; en 1704 el verbo pasó a significar hablar de algo con pasión desmedida, y en 1871, elogiarlo sin medida. A principios del siglo XX, «rave» era también una moda pasajera: que algo fuera «the latest rave» significaba simplemente que todo el mundo hablaba de ello.
De la crítica entusiasta al jazz del Soho
La crítica le dio su sentido más aplaudido. En 1926 aparece documentada la «rave review», la reseña que pone algo por las nubes, y ese uso sigue vivo en el inglés actual: un disco, una película o un restaurante pueden recibir «raves» de la crítica. «Rave» ya no era perder la cabeza, sino aplaudir a rabiar. Y todavía no tenía nada que ver con la noche ni con la pista de baile.

La deriva hacia la noche empezó en el Londres de posguerra. En los clubes de jazz tradicional del Soho, a finales de los cincuenta, las fiestas de los bohemios eran «raves», y quien no se perdía una era un «raver». El trompetista Mick Mulligan, líder de una de las bandas de jazz más populares de la época y famoso por su vida desordenada, se ganó el apodo de «king of the ravers». Su cantante, George Melly, convirtió aquellas noches en materia de memorias: su libro «Owning Up» retrata giras, borracheras y fiestas interminables con un humor que hizo de él una figura de culto.

Mods, rock y el «rave-up»
A principios de los sesenta, los mods se apropiaron del término. Para ellos, ser un «raver» era vivir para el fin de semana: trajes a medida, scooters, anfetaminas y noches enteras de soul y rhythm and blues en clubes como The Scene, en el Soho, o el Flamingo, en Wardour Street. Músicos como Steve Marriott, de Small Faces, o Keith Moon, batería de The Who, se presentaban a sí mismos como «ravers».

En el rock británico, además, el «rave-up» nombraba el final de una canción en el que la banda aceleraba el tempo, subía el volumen y se lanzaba a improvisar hasta el clímax. The Yardbirds, con Eric Clapton y después Jeff Beck a la guitarra, lo convirtieron en marca de la casa, y su recopilatorio estadounidense de 1965 se tituló precisamente «Having a Rave Up». La psicodelia y el verano del amor de 1967 trajeron un vocabulario nuevo, y «rave» quedó como una palabra de los sesenta, pasada de moda.
Ibiza, Shoom y el segundo verano del amor
La resurrección tuvo un origen muy concreto. En el verano de 1987, cuatro DJ londinenses, Paul Oakenfold, Danny Rampling, Nicky Holloway y Johnny Walker, viajaron a Ibiza y descubrieron en Amnesia, entonces un club al aire libre, las sesiones del argentino Alfredo Fiorito, que mezclaba pop, house de Chicago, rock y cualquier cosa que funcionara en la pista hasta el amanecer. Volvieron a casa decididos a reproducir aquello. Rampling abrió Shoom a finales de 1987 en un gimnasio del sur de Londres; Oakenfold puso en marcha Spectrum en el club Heaven en 1988. El acid house de Chicago, la cara sonriente amarilla y el éxtasis hicieron el resto.

Aquel 1988 pasó a la historia como el «segundo verano del amor». Y cuando los clubes se quedaron pequeños y la hora de cierre se convirtió en un obstáculo, la fiesta salió de la ciudad. En 1989, promotoras como Sunrise, Energy o Biology organizaron fiestas para miles de personas en naves, hangares y campos cercanos a la autopista M25, la circunvalación de Londres. El punto de encuentro se anunciaba a última hora por radios piratas y líneas telefónicas, y los asistentes formaban caravanas de coches que buscaban el lugar de madrugada. Las llamaron «orbital raves», y con ellas la palabra quedó fijada para siempre: una «rave» era una gran fiesta de música electrónica, y un «raver», quien iba a ella.
Castlemorton, la fiesta que acabó en ley
La prensa sensacionalista británica reaccionó con una campaña contra el acid house y las drogas, y el Parlamento respondió en 1990 con la llamada «ley Bright», que elevó a 20.000 libras las multas y a seis meses de cárcel las penas para quien organizara fiestas sin licencia. Las raves comerciales se fueron hacia los clubes legales, pero el movimiento de las «free parties», gratuitas y sin permiso, siguió creciendo de la mano de colectivos como Spiral Tribe.
El punto de no retorno llegó en mayo de 1992. Lo que empezó como una concentración de viajeros y sound systems en Castlemorton Common, un terreno comunal al pie de las colinas de Malvern, en el condado de Worcestershire, se convirtió en una fiesta de cerca de una semana a la que acudieron, en distintas estimaciones, entre 20.000 y 40.000 personas. Fue la rave ilegal más grande de la historia del Reino Unido, salió en todos los informativos y puso al Gobierno de John Major contra las cuerdas.
La policía, desbordada, no intentó desalojar el terreno. Al terminar, trece miembros de Spiral Tribe fueron acusados de alteración del orden público y se sentaron en el banquillo en un juicio que se alargó durante meses y costó millones de libras al erario. En 1994 el jurado los absolvió de esa acusación, pero para entonces el Gobierno ya había decidido que no iba a esperar a los tribunales: necesitaba una ley que permitiera cortar una fiesta así antes de que empezara. Mientras tanto, los vecinos de los pueblos cercanos se quejaban de varios días sin dormir, y la imagen de miles de jóvenes bailando entre caravanas y furgonetas se convirtió en el símbolo de todo lo que los conservadores querían prohibir.
La respuesta fue la Criminal Justice and Public Order Act de 1994. Su sección 63 dio a la policía poder para disolver reuniones al aire libre de cien o más personas en las que se pusiera música amplificada de noche, «de forma que, por su volumen, duración y hora, pueda causar graves molestias a los vecinos», y para definir esa música escribió una frase que se ha vuelto legendaria: sonidos «caracterizados total o predominantemente por la emisión de una sucesión de beats repetitivos». La ley también permitía parar a quien se dirigiera a una de estas fiestas y confiscar los equipos de sonido.

La escena contestó con manifestaciones bajo el lema «Kill the Bill» y con ironía. El dúo Autechre publicó ese mismo año el «Anti EP», cuyo tema «Flutter» se construyó con patrones de batería que no se repiten para esquivar la definición legal; una pegatina en la funda avisaba de que «Flutter» no tenía dos compases iguales y recomendaba a los DJ llevar siempre un abogado y un musicólogo por si la policía ponía en duda que la música no fuera repetitiva. En 2003, una nueva ley rebajó de cien a veinte el número de personas a partir del cual la policía podía intervenir.
El exilio a Europa y el modelo americano
Expulsados de las islas, muchos sound systems cruzaron el canal de la Mancha. Spiral Tribe y otros colectivos llevaron las free parties a Francia, Alemania, Italia y la República Checa, donde nacieron los «teknivals», raves gigantes de varios días que reunieron a decenas de miles de personas. Por eso en buena parte de Europa la palabra quedó asociada a la fiesta sin permiso en un campo o una nave abandonada. Francia la reguló en 2001, con una reforma que obliga a declarar ante la prefectura las fiestas que superen cierto aforo, y desde entonces la persecución y la negociación con los teknivals se repite cada verano.
En Estados Unidos la historia fue distinta. Las raves de los noventa en almacenes de Los Ángeles, Nueva York o San Francisco también tuvieron su choque con la ley: en 2003, el Congreso aprobó una norma contra los locales que «faciliten» el consumo de drogas, presentada inicialmente con el acrónimo RAVE Act, y la palabra se volvió tóxica para promotores y patrocinadores. Pero la escena sobrevivió convirtiéndose en industria. El Electric Daisy Carnival, que nació en 1997 en Los Ángeles como una rave más, se trasladó a Las Vegas en 2011 y hoy reúne a cientos de miles de personas en tres noches. Allí, «rave» describe un festival con entradas, seguridad privada y escenarios del tamaño de un edificio.

España: entre la fiesta ilegal y la palabra de moda
En España, la palabra llegó con la ruta del bakalao y los primeros grandes eventos de electrónica de los noventa, pero el uso que se ha impuesto es el europeo. Cuando un informativo habla de una «rave», casi siempre lo hace para contar un desalojo. El caso más recordado es el de Llinars del Vallès, en Barcelona, en la Nochevieja de 2020: en plena pandemia, unas trescientas personas bailaron durante más de 40 horas en una nave industrial antes de que los Mossos d’Esquadra desalojaran la fiesta, con 215 asistentes denunciados y varios organizadores detenidos.
Al mismo tiempo, el término vive una segunda juventud en carteles y redes sociales, donde promotoras perfectamente legales recuperan la estética y el nombre de las raves de los noventa para vender fiestas con entrada. Es la última vuelta de una palabra que, en setecientos años, ha servido para describir a un loco, a un crítico entusiasmado, a un trompetista de jazz, a un mod en scooter, a un sound system clandestino y a un festival multimillonario.
Lo que no ha cambiado es la discusión de fondo. En Italia, el delito creado en octubre de 2022 sigue en vigor y se aplica a reuniones de más de cincuenta personas en terrenos o edificios ocupados. En el Reino Unido, la frase de los «beats repetitivos» sigue en el código penal. Y cada vez que alguien monta un equipo de sonido en un campo, la vieja pregunta vuelve: ¿es una fiesta o es un problema? La respuesta, como la propia palabra, depende de quién la pronuncie.




